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Conferencia de Prensa |
Se inicia Jornada de Poetas, Troveros y
Verseadores con delegación artística de Colombia y
conferencia de Lolita Acosta
Queridos amigos, comparto con ustedes esta alegría y les
anexo el texto de mi intervención y fotografías de tres
momentos del primer acto de este encuentro maravilloso con
creadores e investigadores de la décima y el verso
improvisado de Cuba, Argentina, Panamá, República
Bolivariana de Venezuela, Chile, Colombia y México.
Por Colombia participan Martín Lozano, Rey Vallenato de la
Piqueria 2009, y Juan David Atencia, niños vallenatos
improvisadores, alumnos de la Escuela del “Turco” Gil, con
sede en Valledupar, y el joven exponente de la trova paisa,
Robinson Marín, más conocido como “Cocoliso”, de la Escuela
de Trova Paisa del maestro Orlando Velázquez Velásquez, con
sede en Medellín.

La Jornada, con una inversión cercana a los 140 mil dólares
en aportaciones económicas y en especie, nos lleva en una
gira por Querétaro, Cadereyta, Peñamiller, Jalpan de Serra,
Conca, Arroyo Seco, Purísima de Arista, Landa de Matamoros,
Agua Zarca, Xilitla y Río Verde al total de las delegaciones
integradas por 11 personas de Cuba, 14 de Venezuela, 4 de
Argentina, 4 de Colombia, 2 de Chile, 7 de Panamá y 22 de
México.
Regresaremos a Colombia 19 de agosto.
Nuestro abrazo sincero,
LOLITA ACOSTA
http://reyesyjuglaresvallenatos.wordpress.com/
Oralidad
e improvisación en la tradición
vallenata y paisa de Colombia
Ponencia
de:
LOLITA
ACOSTA (Colombia)
Saludo a
todos los presentes, en especial a
los organizadores de esta Segunda
Jornada Iberoamericana de Niños y
Jóvenes Poetas, Trovadores y
Verseadores, destacando la tesonera
labor de los compañeros, profesor
Junípero Cabrera Berrones, director
del Museo Histórico de la Sierra
Gorda, y de Jorge Hugo Márquez,
quienes en los momentos más
difíciles siempre mantuvieron la
cordura y la fe en nuestra
participación en este gran evento,
desde el año pasado.
Estamos
supremamente agradecidos de que esta
Jornada esté dedicada a nuestros
niños verseadores de Colombia y
Venezuela, dos países hermanos, con
una historia común, con un
Libertador común, con una lengua,
unas costumbres y unas tradiciones
comunes. Gracias por este gesto de
amistad. Lo hemos propagado a través
de todos los medios a nuestro
alcance y traemos el mensaje de
gratitud de todas las regiones de
Colombia donde los creadores y
poetas son un símbolo de nuestra
cultura.
El año
pasado nos llegaron las noticias de
los resultados exitosos de la
primera Jornada, este año se
confirma, con la presencia de siete
países: Argentina, Cuba, Colombia,
Chile, México como anfitrión, la
República Bolivariana de Venezuela y
Panamá, el acierto en la
organización de éstas, y desde ya,
una vez en Colombia, comenzaremos a
promocionar la participación el año
próximo y los años siguientes, de
nuestro país, en donde la
versificación improvisada florece
como verdologa en playa, enraizada
como está en el alma popular, en su
música y en su canto como parte
fundamental de su cultura.
Tanto
apego hay a ese verso espontáneo que
libre brota de la mente de nuestros
cantantes, que no hay espectáculo
popular en Colombia, en especial en
la costa Caribe, que no termine en
piqueria. La piqueria es ese momento
que se da a altas horas de la noche
o ya entrada la madrugada, cuando
los artistas populares que han
participado en el espectáculo y ya
algo y a veces bastante
influenciados por los efectos del
licor, se retan a versos,
aprovechando la ocasión para sacarse
el clavo, o sea cualquier
resentimiento que tengan, o dirimir
rencillas nacidas por la rivalidad
artística o de otra naturaleza, pero
también es un espacio, al final de
la fiesta, que se utiliza para
felicitar a los organizadores,
saludar a la concurrencia, apoyar
las campañas políticas, criticar al
gobierno, destacar a algún personaje
protagonista de las noticias del
momento o simplemente para tocar el
corazón de la dama en conquista.
Lastimosamente, por muy usual que
sea, el cantante popular nuestro
carece de profundidad, descuida la
estética y sus versos carecen de
contenido porque su vida es una
carrera de doloroso ascenso en medio
de las luminarias de la competida
mercantilización de su arte. Sin
embargo logran trascender
improvisaciones como las de Poncho
Zuleta, artista vallenato de
aproximadamente 60 años, y de su
sobrino Iván Zuleta, que logran
transmitir valores y mensajes con un
trasfondo cultural de entre los
cuales se puede realizar una lectura
sociológica de su comunidad de
origen.
Hay que
ir entonces al campo, a las pequeñas
aldeas, donde la inspiración y la
motivación del poeta continúan
siendo la naturaleza que le rodea,
el canto de los pájaros, la
cantarina corriente de los ríos, la
lucha por la supervivencia en medio
de la pobreza y el abandono por
parte del Estado pero en donde la
presencia de Dios se siente más
cercana, tanto en la abundancia como
en las carencias, según el plan,
dicen, “que Él tenga para cada uno
de nosotros”. En este sentido
nuestros verseadores son convencidos
teístas con adoraciones a un
santoral que lo cubre todo, desde la
ayuda para un dolor de muelas hasta
la búsqueda de la pareja ideal y la
prosperidad de las cosechas.
Este
amor que se siente y este respeto
que existe por la cultura ancestral,
y que es lo que se llama sentido de
pertenencia, es lo que ha hecho que
surjan certámenes en todo el país,
de eventos, concursos y festivales
donde la presencia del verseador es
infaltable, y que son a la vez la
expresión de la diversidad cultural
en Colombia.
Y ya que
hablamos de diversidad cultural, la
cual está definida a la vez por esa
gran diversidad de climas que tiene
Colombia, de topografías, ambientes,
flora y fauna, y por esa gran mezcla
de razas originada por el proceso de
invasión a nuestro territorio
iniciado por los colonizadores del
siglo XV, ya que nos han dado tiempo
suficiente, penetremos, a manera de
vuelo de pájaros, en esa otra rica e
inmensa variedad de costumbres,
modos de expresarse, maneras de ver
la vida, formas de ser, que son, en
suma, lo que se conoce como folclor,
presentes en Colombia.
Fue el
folclorólogo Guillermo Abadía
Morales (mayo 1912 – enero 2010,
autor de más de 25 libros sobre
cultura musical, folclor e identidad
y cuyo libro de mayor acogida, por
ser el único escrito en Colombia
para la educación universitaria en
Folclorogía, es el “Compendio
general de folclor”, cuya primera
edición salió en 1970 y ya con 6
ediciones y un total de 40.000
ejemplares publicados), este
investigador, Guillermo Abadía
Morales, dividió a Colombia en 5
grandes regiones folclóricas o de
cultura popular tradicional:
1)
Andina:
Región
montañosa, la más extensa de todos,
la más poblada y la de mayor
influencia y dominio social,
económico y político.
Está
comprendida por los departamentos
de: Nariño, Cauca, Valle, Huila,
Tolima, Caldas, Quindío, Risaralda,
Antioquia, Santander, Norte de
Santander, Boyacá y Cundinamarca,
habitados mayormente por gente de
piel blanca.
Allí
imperan los bambucos, los
torbellinos, las guabinas, rajaleñas,
sanjuaneros, guaneñas, bundes, cañas
y cañabravas, las vueltas,
fandanguillos y pasillos, y como
instrumentos musicales: el tiple, la
guitarra, la bandola, la lira, las
flautas de carrizo y distintos tipos
de tambores, entre otros.
2)
Llanos Orientales:
Es la
llanura vecina de la República
Bolivariana de Venezuela. Es ese
verde mar vegetal y mineral donde
impera la vida silvestre, al aire
libre, donde se corretea el ganado y
se canta a voz en cuello. La
componen los departamentos de:
Casanare, Arauca, Meta y Vichada.
Sus
cantos, tonadas y danzas se
confunden con los de sus vecinos,
tierra de joropo, galerón, zumba que
zumba, pasaje y seis, y de
instrumentos musicales típicos para
su interpretación como el arpa, el
cuatro, el requinto, la carraca y
los capachos.
3)
Amazonia:
El gran
pulmón planetario. La reserva de
oxígeno de la humanidad. Se mantiene
virgen, con sus comunidades
autóctonas viviendo, en gran medida,
sus costumbres primitivas,
compartida con una población
mestiza, campesina, de poca
influencia en la vida nacional.
Salvo por ser territorio que, por su
abandono por parte de las esferas
del poder central, es el escenario
de todo tipo de actos ilícitos.
Allí se
localizan los departamentos de:
Putumayo, Caquetá, Amazonas, Vaupés
y Guainía.
Su
folclor está determinado por las
costumbres milenarias de sus
habitantes y es más bien poco
conocido. Flautas, instrumentos
musicales de sacudimiento fabricados
con semillas y maderas y distintos
tipos de tambores componen su
organología musical. Las danzas
rituales y de celebración están
presentes en su vida cotidiana.
4)
Litoral Pacífico:
Es la
costa sobre dicho océano, al
occidente del país. Comprende todo
el departamento del Chocó y lo que
tienen sobre el océano Pacífico los
departamentos del Valle, Cauca y
Nariño. La presencia del negro es lo
más notorio en ella. Es la región
más pobre de Colombia, pese a ser la
más rica en recursos minerales como
el oro. Habitada mayormente por
gente de piel negra.
Entre
sus cantos, músicas y danzas
encontramos el currulao, el patacoré,
berejú, aguabajo, makerule, pango,
andarele o amanecer, madruga,
tiguarandó, saporrondo, calipso,
tamborito, juga, caramba, pregón,
bunde, alabao, salve, arrullo,
villancico, romance, danza,
contradanza, polka, mazurca y jota,
y como instrumentos musicales: la
marimba de chonta, los cununos, la
tambora o bombo, el redoblante y los
guasás, sonajas y jucos.
5)
Litoral Atlántico:
Es
nuestra costa norte, la del mar
Caribe, de gente abierta y franca,
creativa, fiestera pero melancólica.
A esta gran región pertenecen: parte
de Antioquia, 7 departamentos
continentales: Cesar, Guajira,
Magdalena, Atlántico, Córdoba, Sucre
y Bolívar y uno insular: San Andrés
y Providencia.
Aquí
encontramos unas músicas negras e
indígenas casi puras y triétnicas o
sincréticas.
Las
músicas y cantos triétnicas vigentes
son: la cumbia, el bullerengue,
chandé, mapalé, abozado, gaita o
porro palitiao, puya o porro tapao,
zafra, cantos de vaquería, cantos de
lumbalú y la vallenata que a la vez
se subdivide en paseos, merengues,
puyas y sones.
En el
instrumental tradicional de esta
región, y ya para cerrar este
capítulo, me voy a detener un poco.
Vale la pena hacerlo. Es tan variado
como variadas son las 43 subregiones
culturales que la componen.
Así, por
ejemplo:
El de la
cumbia consta de dos tambores, una
tambora o bombo, un guache, una
maraca y una caña de millo, conjunto
que, al introducirle el acordeón,
aparece la cumbiamba que se baila
como la cumbia, pero las bailarinas
no llevan velas en la mano. La
cumbia es un aire dominante en los
departamentos del Magdalena,
Atlántico, Córdoba, Bolívar y Sucre.
El
chandé, que es un baile de
Nochebuena con cantos improvisados o
tomados de la tradición oral, se
interpreta con una tambora, un
tambor macho, dos guacharacas y un
par de maracas o un guache.
Para el
mapalé se emplea tambor, maracas y
guacharaca, lo demás corre por
cuenta del palmoteo y las voces de
la concurrencia y es una danza,
canto y música de pescadores
haciendo alusión a su actividad y a
los sucesos del momento.
El
abozao también es un canto
tradicional de pescadores del río
Magdalena.
La gaita
o porro palitiao es una modalidad
rítmica de la cumbia. Lo de palitiao
se deriva de que en su
interpretación, cuando el bombo hace
la pausa para los estribillos, se
golpea en el aro del bombo a manera
de cencerro.
La puya
o porro tapao es cuando en su
interpretación jamás deja de tocarse
el bombo y a cada golpe que se va
dando con la porrera, se tapa el
parche opuesto con la mano, para que
no vibre. Esto se llama tapar. Dicen
los viejos que, en su tiempo, esta
era una danza suelta. Hoy es de
pareja cogida y es de mucha
popularidad. E igualmente, hoy, el
porro, palitiao o tapao, son músicas
de banda.
La zafra
es un canto de labor de las sabanas
de Bolívar. Las coplas se cantan
haciendo arabescos con la voz. Sus
notas agudas recuerdan el cante
jondo, pero también las canciones de
laboreo africanas.
La zafra
funeral se entona en las
excavaciones de sepultura e
inclusive durante el funeral
mencionando lo que vida fue, hizo o
dejó de hacer el difunto.
Los
cantos de vaquería son de la misma
familia de la zafra, con las mismas
características: cantos de labor,
arrastre de la voz, arabescos en el
canto, sólo que aquí se observa la
habilidad del repentista en la rima
y la métrica exactas y en la
velocidad de su respuesta.
El
velorio de angelito, bunde, lumbalú
o ritual de los muertos
característico de San Basilio de
Palenque tiene un tambor líder
llamado pechiche, de tres metros de
longitud con parche de cuero de
venado.
Hasta
aquí pues, a manera de sobrevuelo,
el mapa cultural de Colombia, visto
desde su alma cantoril, musical y
dancística y dejando, para
continuar, el tema de la oralidad y
la improvisación como formas de
expresión de la cultura tradicional.
Sea
dicho que desde el Ministerio de
Cultura estas expresiones han tenido
en los últimos años mucho apoyo,
igual que desde las gobernaciones y
administraciones municipales
mediante el patrocinio de
investigaciones, publicaciones,
ediciones de discos, programas de
televisión, realización de
festivales. Es decir, existen
programas concretos para la difusión
de este Patrimonio, pero han faltado
programas de formación poética. Es
algo de lo que adolecen todas las
músicas en Colombia, a excepción, lo
podrá decir aquí mi compañero, el
joven Robinson Marín, de la trova
paisa, que si tienen escuelas, como
lo detallará él más adelante.
De
educación artística estamos bien.
Hay escuelas de música en el 99 % de
los municipios. Lo que no hay es
formación de poetas. El arte de la
palabra sigue siendo un don con el
cual se nace y en la práctica se
pule y se cultiva. Tenemos talleres
literarios durante todo el año, pero
están todos más orientados a la
formación de escritores. Que yo
conozca, no hay uno solo orientado a
dar las pautas, reglas, estrategias,
caminos, de la improvisación
versificada, salvo, y aquí está la
otra excepción que confirma la
regla, lo que hacen los compañeros
de la sabana, la región de donde
viene Marticito, donde cultivadores
de la décima como Alejandro Martelo,
Rafael Pérez García y Rafael Pérez
López, Filiberto Hernández y otros
le pusieron la regla decimal a la
enseñanza de las matemáticas y la
geografía.
El
repentista o improvisador más que un
poeta es un historiador. Por lo
menos en Colombia esto es muy
evidente y lo vemos muy claro en los
programas de radio, donde la nota
picaresca, la sátira y la crítica
política están al orden del día, y
aunque no existe un movimiento
pujante de repentistas, éstos luchan
por sobrevivir, formando parte de
los festivales musicales, como un
agregado de éstos. A excepción de la
expresión de la trova paisa (que se
hace en cuartetas) que ha logrado
abrirse sus propios espacios y
experimenta con la apertura de
escuelas, como la que aquí
representa el joven Robinson Marín
Lopera, proceso liderado por el
maestro Orlando Velázquez Velázquez,
en la ciudad de Medellín, con un
grupo de jóvenes trovadores entre
los 14 y los 23 años, capacitándolos
en temas como el ritmo y la rima en
la trova, enriquecimiento del léxico
inculcándoles el amor por la lectura
y la escritura, la formación musical
aprendiendo a manejar el tiple como
instrumento principal en la trova
paisa, y otros instrumentos como la
guitarra, la bandola, el cuatro, el
requinto y la percusión (bongó,
tambora, marrana, quiribillos,
maracas y raspa, entre otros), las
formas estróficas (la cuarteta, la
quintilla, la sextilla, la
octavilla, la décima, la seguidilla,
tanto en la trova paisa como en la
piqueria, el contrapunteo o el
rajaleñas, villancicos, chandé,
zafra u otras formas en donde se da,
tradicionalmente, la improvisación
como vía de transmisión de la
oralidad.
Es un
curso proyectado para 200 horas y
que se llama "Formación de
Formadores en Repentismo" en la
medida de que a la vez de que se van
formando, esos mismos alumnos van
formando a otros.
Pero
como ya lo dije son muy pocos los
espacios de radio y televisión
concedidos a la tradición oral de la
décima o el verso improvisado, en
comparación con los otorgados a
otras expresiones, la música
contemporánea grabada, por ejemplo.
De modo que es más bien poca la
difusión que estos géneros tienen.
Son pocas las personas que tienen
oportunidad de conocer a estos
creadores. Ciertamente pasarían
totalmente inadvertidos si no fuera
por los festivales, quedando
reducidos al círculo de amigos donde
el verso brota en cada circunstancia
festiva de la vida, acompañado de
licor y como remate de la
celebración.
Bien
sabido es que la versificación
improvisada, bien sea en cuartetas
(o versos de 4 palabras como les
llamamos los vallenatos) o en
composición decimal octosilábica, es
un género que nos une a todos los
países iberoamericanos. Es para
nosotros pues una tradición poética
que compartimos.
Qué buen
que surjan eventos como este, pero
vean la diferencia. Aquí nace como
resultado del Programa de Formación
de Niños y Jóvenes Huapangueros
impulsado por el Instituto Queretano
de la Cultura y las Artes. Allá
hacemos primero la fiesta, pero nos
quedamos sin la formación.
Son
maneras de ver la vida. Lo
importante es que estamos apuntados
a mantener viva esta tradición con
todo lo que ello significa. Por
ejemplo, el estar abiertos a los
cambios.
Quienes
hoy nos acercamos a la sexagenaria
edad nos levantamos en un mundo muy
diferente, donde las cosas pasaban
de una manera que percibíamos más
fresca, natural y cotidiana.
Las
tradiciones, usos y costumbres iban
y venían sin importarle a nadie,
porque no había miedo de perderlos,
el tiempo pasaba de manera lenta, de
modo que teníamos tiempo (válgase la
redundancia) de habituarnos a los
cambios sin grandes asombros. La
palabra del abuelo se respetaba por
el solo hecho de ser la palabra de
abuelo. Pero llegaron los
especialistas y la industrialización
y el tiempo adquirió un valor
similar al del oro y el hombre vio
la necesidad de preservar el pasado.
Nunca como hoy esa necesidad y los
esfuerzos que se hacen en ese
sentido han sido tan fuertes y tan
vitales, echando mano, incluso, de
las herramientas más modernas, como
la comunicación virtual o la vía
Internet.
Festivales, Encuentros,
Publicaciones, Congresos y Coloquios
se convocan en nombre de la
expresión oral improvisada y nuevos
aires vienen a renovar su vitalidad.
Decimistas y decimeros, juglares y
payadores, trovadores y troveros,
repentistas, copleros y coplistas,
versadores todos de la poesía oral
improvisada, han comprendido, en las
distintas partes del planeta donde
esta tradición se haya presente, que
sólo descifrando los signos de su
tiempo podrán seguir ejerciendo este
arte tan primitivo y original del
ser humano, tanto que hoy podemos
decir que es una necesidad de las
que no pierden vigencia.
Tradición oral y el arte de la
improvisación versificada se
necesitan mutuamente. La una
engarzada en la otra se deben sus
propios desarrollos. La décima, por
ejemplo, lo dijo Waldo Leyva: -“Es
mucho más que una estrofa literaria
y constituye un signo de identidad”.
Identidad que, en nuestros países,
así como ocurre en todos los demás
países de latinoamericanos, está
ligada a la vida campesina, a las
actividades agrícolas y ganaderas.
De esta manera, nuestros más
significativos cultores de la
décima, como lo fueron Luis Gregorio
Maestre Acosta, nacido en Carrizal;
Sebastián Guerra, nacido en Rincón
Hondo; Chú Triana; Ángel Silva
Martínez, oriundo de Pivijay;
Nicolás Reales Martínez, nacido en
Valledupar aproximadamente en 1894;
José María "El Ciego" Martínez
Armenta; Emiliano Zuleta Baquero, el
de la famosa “Gota fría” compuesta
en décimas, fueron personas
totalmente iletradas como lo es el
gran Leandro Díaz, compositor ciego
de gran renombre.
La
décima que se cultiva en Colombia y
principalmente en la Sierra Nevada
de Santa Marta y en sus valles
aledaños, es llamada décima
espinela. También se la cataloga
como décima glosada o con cabecilla
por llevar a su inicio una estrofa
de 4 versos, cada uno de los cuales
debe aparecer al final de cada una
de las 4 décimas glosadas. También
se le llama décima con redondilla,
la cual no está presente en la
décima que se hace en la sabana,
pero si en la del Pacífico.
Se dice
que la décima llegó a nosotros con
los misioneros, quienes la emplearon
como vehículo de recordación de sus
prédicas y conversión de negros y
aborígenes al catolicismo.
Este
hecho histórico, entre otras cosas,
salvó a la décima de desaparecer de
la faz de la tierra, pues en Europa
ya había entrado en declive cuando
se dio este florecimiento en el
Nuevo Mundo, donde, al abrigo de la
tradición oral, llegó hasta nuestros
días revitalizada con adornos
lugareños aportados por los
campesinos, obreros y pescadores
criollos y mestizos que le hacen sus
aportes conservando viejos textos o
vertiendo en su estructura hechos y
acontecimientos recientes.
Es así
como llegamos a conocer detalles de
la muerte, en 1894, del General
Rafael Uribe Uribe:
Las
virtudes de los pueblos
son los
hombres honorables
que
trabajan incansables
por su
patria y por su suelo
pero ya
hoy se ha roto el velo
de la
venganza y la infamia,
vendrán
naciones extrañas
a
querernos subyugar,
y por el
suelo arrastrar
la
bandera colombiana
Desdichado y triste el día
de su
asesinato cruel,
el 15 de
octubre fue
que
murió con agonía,
por su
grande señorío
lo meten
en un sitial
como
ilustre General
que en
sus campañas dio prueba
y quiso
Dios que muriera
no de
muerte natural
Aparte
de las décimas glosadas, existen
para nosotros las décimas sueltas,
las cuales no tienen un número
determinado de ellas, respondiendo
al desarrollo de un tema. También
las hay de pie forzao, que es cuando
un verso se repite al final de un
indeterminado número de décimas.
Aunque
no es muy frecuente, hemos visto la
décima encadenada, que es cuando, en
una piqueria o desafío, el poeta le
arrebata al contrincante el último
verso y con él comienza su décima.
Nuestra
décima siempre ha sido cantada.
Aunque viejos textos señalan el
acompañamiento con guitarra, hoy la
encontramos a capela, cantada en un
cierto estilo arcaico. En círculos
académicos la encontramos recitada.
Y puede ser improvisada, transmitida
o recreada.
Hasta el
siglo pasado, el custodio, portador,
transmisor, revitalizador y creador
de la décima era un poeta iletrado.
Debo reconocer que, a partir de
2001, gracias a la feliz realización
del Foro Internacional de la Décima
y los Decimeros, con el padrinazgo
de Waldo Leyva y de Maximiano
Trapero, en Valledupar, poetas y
compositores vallenatos consumados
como José Atuesta Mindiola y Julio
César Daza Daza, pasaron a las
huestes de los decimeros con
relativo éxito, es decir con
presentaciones frecuentes en eventos
culturales y con libros y CDs
publicados, ganándose la admiración
del pueblo.
A manera
de conclusión añadimos:
Como una
de las artes populares que es, la
improvisación se aprende sola, pero
también se ha demostrado que el
improvisador se hace, se forma al
juntarse con otros repentistas.
Eventos
de reconocimiento o visualización
como estos ayudan a fortalecerla,
revitalizarla, a multiplicar el
número de sus protagonistas y ellos
seguirán cantándole a lo mismo: al
amor, a la tierra y la mujer, al
paisaje, a la madre y a la
problemática social.
Amantes
de la parranda y el alcohol, los
mejores momentos de la inspiración
poética se hacen sentir con los
primeros tragos. -Sin trago no se
puede cantar- dicen ellos.
La
oralidad fue primero y luego vino la
escritura y con ella la literatura.
Lo anterior da para afirmar que la
literatura se alimenta de la
oralidad y ésta de aquella, en un
círculo virtuoso creativo y fecundo.
Dándole
crédito a los hallazgos del
investigador José Peñín, quien en
1997 publicó un libro que había
escrito 20 años atrás, apoyado por
el Consejo Nacional de la Cultura,
en Caracas, Venezuela, no siempre el
verseador iletrado es tan bueno y
original como parece. La mayoría de
las veces se nutre de versos
aprendidos, de estrofas recogidas a
lo largo de sus viajes y correrías
de pueblo en pueblo. Esto se vio muy
frecuentemente entre nuestros
autores vallenatos, que aun después
de muertos, siguen disputándose sus
autorías de paseos, merengues, puyas
y sones.
Con
versos aprendidos llegan muchos
concursantes a los festivales. Eso
es inevitable. Pero, a pesar de esto
y de todo, su carácter de significar
un reto permanente al ingenio y la
capacidad creadora, a la
improvisación esto la hace poderosa
y es su mayor fortaleza.
Visto
así, que los trovadores copian,
crean y recrean, son ellos quienes
impulsan su arte, esa corriente
poética tradicional que viene desde
el principio de los siglos, que
recorrió largos trayectos por la vía
oral pero que también llegó a
nosotros por la escritura.
Ese modo
antiguo de decir las cosas, de
manera acentuada y rítmica, asonante
o consonante, vivirá en el presente
su siglo de oro. Mientras nosotros
así lo queramos. Ya lo reconoció el
tantas veces mencionado, Waldo
Leyva, quien en breves instantes
recibirá aquí, en la Plaza de Armas,
la Presea de la Jornada Cucalambeana.
Él dijo: -“Los poetas de hoy son
mejores que los de antes”.
Y si
aquí en México tuvieron su Sor Juana
Inés de Cruz, en Cuba a Manuel de
Zequeira y después a Nicolás
Guillén, para citar a alguien con
aire citadino, o al Indio Naborí
encabezando la renovación desde su
tierra campesina, el resto de
América no se queda atrás y aquí
está presente, en estos jóvenes y
estos niños que son el futuro, con
su propio peso específico, haciendo
parte de nuestra propia historia,
siendo una pieza clave de
resistencia a la desaparición de
nuestras raíces.
Sin
embargo, tenemos ante nosotros, como
siempre, el desafío de su
supervivencia, enormes retos tenemos
ante nosotros ante el empuje de las
nuevas formas de uniformización
cultural, de las nuevas formas del
colonialismo económico, político y
social que atentan contra las
estructuras del mismo orden de las
pequeñas comunidades nacionales.
Muchas
gracias y le doy paso a mi
compañero, Robinson Marín, para que
cuente su experiencias como alumno
del maestro Orlando Velázquez
Velázquez.
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